Hace unos días tuve la suerte de escuchar
en un interesante estado de WhatsApp, una breve entrevista en la que su
protagonista afirmaba: “yo sé que sabemos todo”. Y aunque reconozco que -a
nivel consciente- tiene mucha razón al afirmar que en bastantes ocasiones deberíamos
enfocarnos en nuestra misión y reforzar nuestra voluntad, esa
frase/significante -que diría Lacan- produjo en mi inconsciente toda una serie
de interrogantes que me condujeron a esta breve meditación.
Decía Tomás de Aquino que solo en
Dios coinciden el entendimiento -capacidad de saber y conocer- y la voluntad
-la facultad encargada de querer y poder hacer-. En los seres humanos, por el
contrario, no sólo Tomás de Aquino, sino otros muchos pensadores han estado de
acuerdo en señalar el abismo que existe entre ambas facultades y las
consecuencias que de ello se derivan. Y es que solo, si nos olvidamos de la
“voluntad de poder” nietzscheana que bien puede conducirnos a sentirnos
omnipotentes, y nos reconocemos como seres vulnerables, que fallamos y
sufrimos, estaremos en condiciones de aceptar nuestras limitaciones y la
necesidad de acogida y vinculación con nuestros semejantes. Todo ser humano es
un ser en “falta” que desea alcanzar la plenitud, pero que puede equivocar el
camino. Por eso, parece aconsejable que, si queremos reforzar la voluntad, sin
estructurar una personalidad obsesiva, autosuficiente y disciplinaria, profundicemos
en nuestro mundo interior, y lo aceptemos lleno de contradicciones y deseos
irracionales e inconscientes. Porque precisamente solo nuestra “vulnerabilidad”
nos puede conducir a la sagrada vinculación con los otros semejantes y al
agradecimiento por su acogida. Demos las gracias porque existen seres queridos
que nos escuchan, que nos acogen y nos ayudan a no tener que reforzar en
solitario nuestra voluntad.
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