domingo, 19 de julio de 2026

Quinta meditación desde La Granja: "Arrancar y echar al fuego la cizaña"

En el texto de Mateo (13, 24-43), el evangelista nos presenta toda una serie de parábolas relacionadas con esa tensión tan profundamente humana, como es la lucha entre el bien y el mal. En “Más allá del principio del placer” (1920), Freud que investigó detenidamente este tema, llegó a la conclusión de que estábamos habitados por dos tipos de pulsiones: la de vida que -como el trigo- nos alimenta y nos ayuda a crecer, y la de muerte que -como la cizaña- nos conduce a la destrucción y a la agresividad con nosotros mismos y con los demás (O.C. III, p. 2533). Pero no solo Freud, sino que también en la serie de comics de “Asterix El Galo” existe un álbum dedicado a “La cizaña”. Su protagonista es Perfectus Detritus, todo un especialista en generar rumores, discordias y malentendidos.

Constatado este hecho, creo que podemos preguntarnos: ¿Existe algún antídoto para la cizaña?

Vuelvo a Freud: “… hemos de comenzar a amar para no enfermar y enfermamos cuanto una frustración nos impide amar” (O.C. II, p. 2024). ¡Ojalá el amor que recibimos de nuestros seres queridos -y para los creyentes, de Dios- nos ayude a quemar y purificar la cizaña que recibimos de los que nos aprecian poco, pero sobre, nos ayude a quemar y purificar nuestra propia cizaña, para alcanzar una vida más plena! 



domingo, 12 de julio de 2026

Cuarta meditación desde los jardines de La Granja: “En el principio era el logos/Verbo…” (Ἐν ἀρχῇ ἦν ὁ λόγος) (Juan, 1, 1…)

 

El evangelio de Juan, escrito en griego koiné[1], comienza con la siguiente frase enigmática: “En el principio era el logos…”. Pero, ¿qué es el logos?

Cuando leemos “logos” -sobre todo si poseemos formación filosófica- pensamos inmediatamente, siguiendo las teorías platónica y aristotélica- en un principio ordenador del universo y en la facultad racional que permite a los seres humanos regular nuestras pasiones - “thymos”- y nuestros deseos y apetitos: “epithymía”.  

Sin embargo, no creemos que Juan esté manejando ese concepto de logos[2] en su Evangelio. Si bien, en tiempos de Jesús de Nazaret y sus discípulos, estas ideas debieron estar presentes en los círculos intelectuales de Alejandría[3], no parece que ejercieran influencia en su pensamiento, ni en su forma de predicar. Jesús de Nazaret era profundamente judío y fue educado por su madre, siguiendo los principios del canto de alabanza del “Magnificat”[4]. Jerusalén -como comunidad- se había comprometido con Yahvé, no solo racionalmente, sino también afectivamente, mediante una alianza. Y esa alianza consistía en la renuncia humana a la omnipotencia.[5], en el reconocimiento de que somos seres atravesados por la “falta” -que diría Lacan- que nacemos como seres indefensos que necesitan de la comunidad para sobrevivir.

 Y es que el logos, en la tradición judía, no es un principio racional basado en un orden matemático como en el pensamiento griego, sino que está relacionado directamente con la Palabra, como algo físico, como algo que no solo pensamos con la razón, sino también sentimos en el propio cuerpo. Yahvé está escrito y presente en las tablas de la Ley, es la letra de la Escritura, vive en un pápiro[6], no es una representación. Así, el estudio de la escritura sustituye al culto imaginario de las representaciones icónicas -ídolos- y a los sacrificios animales, para acceder al orden simbólico de la palabra[7] como realidad material. Lo escrito en “La sagrada Escritura” nos relata la fragilidad real del ser humano: los crímenes, los deseos prohibidos, las ansias de poder, pero también de la valentía y la solidaridad con el otro semejante.

En este sentido, el evangelio de Juan nos remite a un logos que no es un principio racional ordenador del mundo de carácter matemático -ese principio de la filosofía griega, si tiene que ser asimilado por el cristianismo, vendrá más tarde- sino Palabra que se hace presente en nuestro mundo. Dios no es descrito por el evangelista como una inteligencia pura ordenadora del mundo, sino como alguien que habla, que nos habla, como un Ser que se nos manifiesta a través del lenguaje, porque el ser humano comparte con Dios la capacidad de hablar. La fuerza de la palabra cobra así un significado pleno, como ocurre en al psicoanálisis freudiano. La palabra se constituye como puente entre Dios y los seres humanos en la figura de Cristo. De ahí que el versículo se completé con: “el logos/Palabra estaba junto a Dios y el logos/Palabra era Dios”. Con ello entramos en el misterio de la Trinidad y en las interpretaciones de Tomás de Aquino y el Maestro Eckhart que dejamos para otra meditación.

 



[1] J. Mateos y J. Barreto (2019): “El evangelio de Juan”, ed. Cristiandad, Madrid.

[2] La confluencia y enriquecimiento mutuo entre el cristianismo y el helenismo será posterior. Primero surgirá el sincretismo con el platonismo (Patrística, p.e. San Agustín) y después con el aristotelismo en la Universidad de París, en los siglos XII y XIII: Tomás de Aquino o el Maestro Eckhart.

[3] Recordemos a este respecto la figura de Filón de Alejandría (2º a.e.-50d.e.) que entendió el Logos (Razón y Palabra) como un intermediario entre Dios y el mundo, aunque no lo identificó con Jesucristo. Mantuvo así la absoluta trascendencia de Dios (cf. F. García Bazán, comentarios a “Obras Completas de Filón de Alejandría”, ed. Trotta, 2012.

[4] Agradezco esta idea a fr. Ángel Fariña o.p. El Magnificat es el canto de alabanza de María en que se celebra: la grandeza de Dios, su misericordia y la inversión del orden social (Lucas 1: 46-55).

 [5] Resulta muy interesante a este respecto recordar los trabajos freudianos acerca del narcisismo y la omnipotencia.

[6] F. M. Pérez Herranz (2023): “El logos en la encrucijada de Alejandría (alrededor del año cero de la era cristina)”, Rev. Eikasía, Revista de Filosofía, número extraordinario 117, pp. 671-720.

[7] También esta idea nos recuerda la materialidad de los significantes a los que J. Lacan se refiere y el paso del orden imaginario al orden simbólico de la Ley paterna.

viernes, 3 de julio de 2026

Tercera meditación desde los jardines de La Granja: "La amabilidad nos aleja de la desconfianza y nos acerca a la belleza"


El otro día, en una de nuestras reuniones para comprender los oscuros textos de J. Lacan, mi amiga Cristina señaló la importancia de reflexionar sobre “los que sienten la necesidad de agradar o ser amables en todo momento”. Llegábamos allí a la conclusión -de que detrás de un exceso de amabilidad- en muchos casos se pueden esconder una necesidad desmedida de ser reconocido por el otro (yo dependiente), una agresividad que pretendemos reprimir y “transformamos en su contrario”, o un deseo desproporcionado de ser considerado la “mejor persona” (yo narcisista). Sin duda todo esto es verdad y es necesario estar muy atento a ello en la tarea clínica. 

Sin embargo, en el ámbito de lo cotidiano,  observamos a diario que esa virtud, tan valorada por Aristóteles y Tomás de Aquino, está cada vez más alejada de nuestros hábitos de convivencia. En su “Gran moral”, el filósofo griego defendía que la amabilidad era esa forma de relacionarnos socialmente en la que el humor -sin caer en la bufonada- nos ayudaba a acercarnos a los otros[1]. Por su parte, Tomás de Aquino, en su “Suma Teológica”, señalaba que la amabilidad debía regular nuestro comportamiento social en las conversaciones y acciones con los demás, sin buscar agradar a toda costa -propio del lisonjero-, porque en ocasiones se hacía necesario entristecer a alguna persona por motivos justificados. La amabilidad, para el Aquinate, adquiría todo su sentido cuando se convertía en alabanza justa que servía de aliento y ánimo para el perfeccionamiento intelectual, moral o espiritual[2].

No quiero hacer un listado de autores, pero me parece muy interesante destacar también la figura del filósofo romántico  F.W.J. Schelling. El pensador alemán, en su “Filosofía del arte” señalaba que la amabilidad en las relaciones humanas es la manifestación de un equilibrio armonioso entre mi voluntad y la del otro, y es la fuente que puede crear un entorno estéticamente más bello. (1856-59, Parte II, Sección IV, pp. 424)

A la vista de las reflexiones de estos grandes autores, parece que la amabilidad en las relaciones humanas, cuando es el resultado de una “formación reactiva” suele producirnos un sentimiento de rechazo,  pero cuando es una “amabilidad natural” -alejada de los extremos- genera una extraordinaria belleza en nuestro entorno, que nos reconforta y nos vincula con el otro semejante, nos instala en el  “humor”, nos anima y nos hace sentirnos en  un mundo más solidario y acogedor. En una sola frase: La amabilidad nos aleja de la desconfianza y nos acerca a la belleza. Y debo decir, para terminar, que en esos pequeños detalles en los que alguien me ha tratado con amabilidad, yo he sentido esa belleza y ese ánimo. 



[1] “La amabilidad es el medio entre la chocarrería y la rusticidad, y tiene relación con la burla y la gracia. El bufón o chocarrero es el que se imagina que puede mofarse de todo y de todas maneras. La rusticidad, por lo contrario, es el defecto del que cree que jamás debe burlarse de nadie, y que se incomoda si se burlan de él. La verdadera amabilidad está entre estos dos extremos; no se burla ni de todo ni siempre, al paso que se mantiene lejos de una grosería rústica. Por lo demás, la amabilidad puede presentarse bajo dos fases; sabe a la vez divertirse con mesura y soportar, caso necesario, las chanzonetas de los demás. Tal es el hombre verdaderamente amable, y tal la verdadera amabilidad que da lugar fácilmente al gracejo” (“La gran moral”, Libro I, capt. xxviii).

 

[2] “Del mismo modo que no es posible vivir en sociedad sin la verdad, es necesaria en la vida social la amabilidad (…), cada hombre está obligado, por un cierto deber natural de honestidad, a ser afable con quienes le rodean, salvo el caso de que sea útil entristecer a alguno de ellos (Tomás de Aquino, “Suma Teológica”, 2-2, q. 114, a. 2). Y añade: “Si la alabanza pretende, observando las debidas circunstancias, contentar a uno y serle motivo de aliento en sus trabajos o animarle en la prosecución de las buenas obras, es un fruto de la virtud de la afabilidad (Tomás de Aquino, “Suma Teológica”, 2-2, q. 115, a. 1).