El evangelio de Juan, escrito en griego koiné[1], comienza con la siguiente frase enigmática: “En el principio era el logos…”. Pero, ¿qué es el logos?
Cuando leemos “logos” -sobre todo
si poseemos formación filosófica- pensamos inmediatamente, siguiendo las
teorías platónica y aristotélica- en un principio ordenador del universo y en la
facultad racional que permite a los seres humanos regular nuestras pasiones -
“thymos”- y nuestros deseos y apetitos: “epithymía”.
Sin embargo, no creemos que Juan esté
manejando ese concepto de logos[2]
en su Evangelio. Si bien, en tiempos de Jesús de Nazaret y sus discípulos,
estas ideas debieron estar presentes en los círculos intelectuales de
Alejandría[3],
no parece que ejercieran influencia en su pensamiento, ni en su forma de
predicar. Jesús de Nazaret era profundamente judío y fue educado por su madre,
siguiendo los principios del canto de alabanza del “Magnificat”[4].
Jerusalén -como comunidad- se había comprometido con Yahvé, no solo
racionalmente, sino también afectivamente, mediante una alianza. Y esa alianza
consistía en la renuncia humana a la omnipotencia.[5],
en el reconocimiento de que somos seres atravesados por la “falta” -que diría
Lacan- que nacemos como seres indefensos que necesitan de la comunidad para
sobrevivir.
Y es que el logos, en la tradición judía, no
es un principio racional basado en un orden matemático como en el pensamiento
griego, sino que está relacionado directamente con la Palabra, como algo físico,
como algo que no solo pensamos con la razón, sino también sentimos en el propio
cuerpo. Yahvé está escrito y presente en las tablas de la Ley, es la letra de
la Escritura, vive en un pápiro[6],
no es una representación. Así, el estudio de la escritura sustituye al culto imaginario
de las representaciones icónicas -ídolos- y a los sacrificios animales, para
acceder al orden simbólico de la palabra[7]
como realidad material. Lo escrito en “La sagrada Escritura” nos relata la
fragilidad real del ser humano: los crímenes, los deseos prohibidos, las ansias
de poder, pero también de la valentía y la solidaridad con el otro semejante.
En este sentido, el evangelio de
Juan nos remite a un logos que no es un principio racional ordenador del mundo
de carácter matemático -ese principio de la filosofía griega, si tiene que ser
asimilado por el cristianismo, vendrá más tarde- sino Palabra que se hace
presente en nuestro mundo. Dios no es descrito por el evangelista como una
inteligencia pura ordenadora del mundo, sino como alguien que habla, que nos
habla, como un Ser que se nos manifiesta a través del lenguaje, porque el ser
humano comparte con Dios la capacidad de hablar. La fuerza de la palabra cobra
así un significado pleno, como ocurre en al psicoanálisis freudiano. La palabra
se constituye como puente entre Dios y los seres humanos en la figura de
Cristo. De ahí que el versículo se completé con: “el logos/Palabra estaba junto
a Dios y el logos/Palabra era Dios”. Con ello entramos en el misterio de la
Trinidad y en las interpretaciones de Tomás de Aquino y el Maestro Eckhart que
dejamos para otra meditación.
[1]
J. Mateos y J. Barreto (2019): “El evangelio de
Juan”, ed. Cristiandad, Madrid.
[2] La confluencia y enriquecimiento
mutuo entre el cristianismo y el helenismo será posterior. Primero surgirá el
sincretismo con el platonismo (Patrística, p.e. San Agustín) y después con el
aristotelismo en la Universidad de París, en los siglos XII y XIII: Tomás de
Aquino o el Maestro Eckhart.
[3] Recordemos a este respecto la figura de Filón de
Alejandría (2º a.e.-50d.e.) que entendió el Logos (Razón y Palabra) como un
intermediario entre Dios y el mundo, aunque no lo identificó con Jesucristo.
Mantuvo así la absoluta trascendencia de Dios (cf. F. García Bazán, comentarios
a “Obras Completas de Filón de Alejandría”, ed. Trotta, 2012.
[4] Agradezco esta idea a fr. Ángel Fariña o.p. El
Magnificat es el canto de alabanza de María en que se celebra: la grandeza de
Dios, su misericordia y la inversión del orden social (Lucas 1: 46-55).
[6] F. M. Pérez Herranz (2023): “El logos en la
encrucijada de Alejandría (alrededor del año cero de la era cristina)”, Rev.
Eikasía, Revista de Filosofía, número extraordinario 117, pp. 671-720.
[7] También esta idea nos recuerda la materialidad de los
significantes a los que J. Lacan se refiere y el paso del orden imaginario al
orden simbólico de la Ley paterna.