viernes, 3 de julio de 2026

Tercera meditación desde los jardines de La Granja: "La amabilidad nos aleja de la desconfianza y nos acerca a la belleza"


El otro día, en una de nuestras reuniones para comprender los oscuros textos de J. Lacan, mi amiga Cristina señaló la importancia de reflexionar sobre “los que sienten la necesidad de agradar o ser amables en todo momento”. Llegábamos allí a la conclusión -de que detrás de un exceso de amabilidad- en muchos casos se pueden esconder una necesidad desmedida de ser reconocido por el otro (yo dependiente), una agresividad que pretendemos reprimir y “transformamos en su contrario”, o un deseo desproporcionado de ser considerado la “mejor persona” (yo narcisista). Sin duda todo esto es verdad y es necesario estar muy atento a ello en la tarea clínica. 

Sin embargo, en el ámbito de lo cotidiano,  observamos a diario que esa virtud, tan valorada por Aristóteles y Tomás de Aquino, está cada vez más alejada de nuestros hábitos de convivencia. En su “Gran moral”, el filósofo griego defendía que la amabilidad era esa forma de relacionarnos socialmente en la que el humor -sin caer en la bufonada- nos ayudaba a acercarnos a los otros[1]. Por su parte, Tomás de Aquino, en su “Suma Teológica”, señalaba que la amabilidad debía regular nuestro comportamiento social en las conversaciones y acciones con los demás, sin buscar agradar a toda costa -propio del lisonjero-, porque en ocasiones se hacía necesario entristecer a alguna persona por motivos justificados. La amabilidad, para el Aquinate, adquiría todo su sentido cuando se convertía en alabanza justa que servía de aliento y ánimo para el perfeccionamiento intelectual, moral o espiritual[2].

No quiero hacer un listado de autores, pero me parece muy interesante destacar también la figura del filósofo romántico  F.W.J. Schelling. El pensador alemán, en su “Filosofía del arte” señalaba que la amabilidad en las relaciones humanas es la manifestación de un equilibrio armonioso entre mi voluntad y la del otro, y es la fuente que puede crear un entorno estéticamente más bello. (1856-59, Parte II, Sección IV, pp. 424)

A la vista de las reflexiones de estos grandes autores, parece que la amabilidad en las relaciones humanas, cuando es el resultado de una “formación reactiva” suele producirnos un sentimiento de rechazo,  pero cuando es una “amabilidad natural” -alejada de los extremos- genera una extraordinaria belleza en nuestro entorno, que nos reconforta y nos vincula con el otro semejante, nos instala en el  “humor”, nos anima y nos hace sentirnos en  un mundo más solidario y acogedor. En una sola frase: La amabilidad nos aleja de la desconfianza y nos acerca a la belleza. Y debo decir, para terminar, que en esos pequeños detalles en los que alguien me ha tratado con amabilidad, yo he sentido esa belleza y ese ánimo. 



[1] “La amabilidad es el medio entre la chocarrería y la rusticidad, y tiene relación con la burla y la gracia. El bufón o chocarrero es el que se imagina que puede mofarse de todo y de todas maneras. La rusticidad, por lo contrario, es el defecto del que cree que jamás debe burlarse de nadie, y que se incomoda si se burlan de él. La verdadera amabilidad está entre estos dos extremos; no se burla ni de todo ni siempre, al paso que se mantiene lejos de una grosería rústica. Por lo demás, la amabilidad puede presentarse bajo dos fases; sabe a la vez divertirse con mesura y soportar, caso necesario, las chanzonetas de los demás. Tal es el hombre verdaderamente amable, y tal la verdadera amabilidad que da lugar fácilmente al gracejo” (“La gran moral”, Libro I, capt. xxviii).

 

[2] “Del mismo modo que no es posible vivir en sociedad sin la verdad, es necesaria en la vida social la amabilidad (…), cada hombre está obligado, por un cierto deber natural de honestidad, a ser afable con quienes le rodean, salvo el caso de que sea útil entristecer a alguno de ellos (Tomás de Aquino, “Suma Teológica”, 2-2, q. 114, a. 2). Y añade: “Si la alabanza pretende, observando las debidas circunstancias, contentar a uno y serle motivo de aliento en sus trabajos o animarle en la prosecución de las buenas obras, es un fruto de la virtud de la afabilidad (Tomás de Aquino, “Suma Teológica”, 2-2, q. 115, a. 1).

 


lunes, 29 de junio de 2026

Segunda meditación desde los jardines de La Granja: “Abrir posibilidades..."

 Sobre el libro de Manuel Pérez Cornejo: "Psicoanálisis y Cine"


Decía X. Zubiri que el ser humano recibe toda una serie de tradiciones y costumbres, pero que también tiene la necesidad de construir y crear otras realidades. Siguiendo esta línea de reflexión, el último libro de Manuel Pérez Cornejo pretende abrir nuevas posibilidades de interpretación de antiguas producciones cinematográficas a la luz del psicoanálisis. Se trata, en este sentido, de un compendio práctico, ameno en su lectura, que nos explica temas centrales del pensamiento psicoanalítico como son: la sexualidad (pulsión de vida), la agresividad (pulsión de muerte), el conflicto entre lo consciente y lo inconsciente, la importancia de los sueños y la fantasía, el doble, etc., todos estos temas ilustrados con películas de distintos géneros.

A modo de ejemplo, y para animaros a su lectura, he seleccionado un texto del libro, en el que Manuel se centra en la importancia de no confundir la sexualidad -como capacidad del amar- con la genitalidad. Y es que, en efecto, esta ha sido una de las principales falsas interpretaciones del pensamiento freudiano.  Para el maestro vienes, la sexualidad es un concepto amplio que nos remite a la pulsión de vida, a la pulsión libidinal que se encuentra encarnada en todo nuestro cuerpo, y que lucha constantemente por abrirse paso y derrotar a la pulsión de muerte. La genitalidad es únicamente una de las múltiples formas de manifestación de esa pulsión de vida.

“El film musical de Alan Parker The Wall (1982), articulado sobre el disco homónimo de Pink Floyd, nos muestra claramente cómo cada represión y frustración, sobre todo sexual (entendida como capacidad de amar), se transforma en un ´ladrillo’ simbólico del impenetrable muro que termina cercando al protagonista, hasta aislarle por completo del mundo exterior, conduciéndole a una locura agresiva ….” (p. 172)

Como todos/as los que leéis este blog sois amigos/as, ya sabéis que Manuel Pérez Cornejo/Manolo es mi marido, jajajja!!!, pero no creáis que me he pasado en elogios. En octubre intentaremos hacer la presentación del libro -posiblemente en el Ateneo- y celebrarlo como hacemos siempre.

sábado, 27 de junio de 2026

Primera meditación desde los jardines de La Granja: "Yo sé que sabemos todo"

 

Hace unos días tuve la suerte de escuchar en un interesante estado de WhatsApp, una breve entrevista en la que su protagonista afirmaba: “yo sé que sabemos todo”. Y aunque reconozco que -a nivel consciente- tiene mucha razón al afirmar que en bastantes ocasiones deberíamos enfocarnos en nuestra misión y reforzar nuestra voluntad, esa frase/significante -que diría Lacan- produjo en mi inconsciente toda una serie de interrogantes que me condujeron a esta breve meditación.

Decía Tomás de Aquino que solo en Dios coinciden el entendimiento -capacidad de saber y conocer- y la voluntad -la facultad encargada de querer y poder hacer-. En los seres humanos, por el contrario, no sólo Tomás de Aquino, sino otros muchos pensadores han estado de acuerdo en señalar el abismo que existe entre ambas facultades y las consecuencias que de ello se derivan. Y es que solo, si nos olvidamos de la “voluntad de poder” nietzscheana que bien puede conducirnos a sentirnos omnipotentes, y nos reconocemos como seres vulnerables, que fallamos y sufrimos, estaremos en condiciones de aceptar nuestras limitaciones y la necesidad de acogida y vinculación con nuestros semejantes. Todo ser humano es un ser en “falta” que desea alcanzar la plenitud, pero que puede equivocar el camino. Por eso, parece aconsejable que, si queremos reforzar la voluntad, sin estructurar una personalidad obsesiva, autosuficiente y disciplinaria, profundicemos en nuestro mundo interior, y lo aceptemos lleno de contradicciones y deseos irracionales e inconscientes. Porque precisamente solo nuestra “vulnerabilidad” nos puede conducir a la sagrada vinculación con los otros semejantes y al agradecimiento por su acogida. Demos las gracias porque existen seres queridos que nos escuchan, que nos acogen y nos ayudan a no tener que reforzar en solitario nuestra voluntad.