El otro día, en una de nuestras reuniones para comprender los oscuros textos de J. Lacan, mi amiga Cristina señaló la importancia de reflexionar sobre “los que sienten la necesidad de agradar o ser amables en todo momento”. Llegábamos allí a la conclusión -de que detrás de un exceso de amabilidad- en muchos casos se pueden esconder una necesidad desmedida de ser reconocido por el otro (yo dependiente), una agresividad que pretendemos reprimir y “transformamos en su contrario”, o un deseo desproporcionado de ser considerado la “mejor persona” (yo narcisista). Sin duda todo esto es verdad y es necesario estar muy atento a ello en la tarea clínica.
Sin embargo, en el ámbito de lo cotidiano, observamos a diario que esa virtud, tan valorada por Aristóteles y Tomás de Aquino, está cada vez más alejada de nuestros hábitos de convivencia. En su “Gran moral”, el filósofo griego defendía que la amabilidad era esa forma de relacionarnos socialmente en la que el humor -sin caer en la bufonada- nos ayudaba a acercarnos a los otros[1]. Por su parte, Tomás de Aquino, en su “Suma Teológica”, señalaba que la amabilidad debía regular nuestro comportamiento social en las conversaciones y acciones con los demás, sin buscar agradar a toda costa -propio del lisonjero-, porque en ocasiones se hacía necesario entristecer a alguna persona por motivos justificados. La amabilidad, para el Aquinate, adquiría todo su sentido cuando se convertía en alabanza justa que servía de aliento y ánimo para el perfeccionamiento intelectual, moral o espiritual[2].
No quiero hacer un listado
de autores, pero me parece muy interesante destacar también la figura del filósofo romántico F.W.J. Schelling. El pensador alemán, en su “Filosofía del arte” señalaba que la
amabilidad en las relaciones humanas es la manifestación de un equilibrio
armonioso entre mi voluntad y la del otro, y es la fuente que puede crear un
entorno estéticamente más bello. (1856-59, Parte II, Sección IV, pp. 424)
A la vista de las reflexiones de estos grandes autores, parece que la
amabilidad en las relaciones humanas, cuando es el resultado de una “formación
reactiva” suele producirnos un sentimiento de rechazo, pero cuando es una “amabilidad natural”
-alejada de los extremos- genera una extraordinaria belleza en nuestro entorno, que nos reconforta
y nos vincula con el otro semejante, nos instala en el “humor”, nos anima y nos hace sentirnos en un
mundo más solidario y acogedor. En una sola frase: La amabilidad nos aleja de la desconfianza y nos acerca a la belleza. Y debo decir, para terminar, que en esos pequeños detalles en los que alguien me ha tratado con amabilidad, yo he sentido esa belleza y ese ánimo.
[1]
“La
amabilidad es el medio entre la chocarrería y la rusticidad, y tiene relación
con la burla y la gracia. El bufón o chocarrero es el que se imagina que puede
mofarse de todo y de todas maneras. La rusticidad, por lo contrario, es el
defecto del que cree que jamás debe burlarse de nadie, y que se incomoda si se
burlan de él. La verdadera amabilidad está entre estos dos extremos; no se
burla ni de todo ni siempre, al paso que se mantiene lejos de una grosería
rústica. Por lo demás, la amabilidad puede presentarse bajo dos fases; sabe a
la vez divertirse con mesura y soportar, caso necesario, las chanzonetas de los
demás. Tal es el hombre verdaderamente amable, y tal la verdadera amabilidad que
da lugar fácilmente al gracejo” (“La gran moral”, Libro I, capt. xxviii).
[2] “Del mismo
modo que no es posible vivir en sociedad sin la verdad, es necesaria en la vida
social la amabilidad (…), cada hombre está obligado, por un cierto deber natural
de honestidad, a ser afable con quienes le rodean, salvo el caso de que sea
útil entristecer a alguno de ellos (Tomás de Aquino, “Suma Teológica”, 2-2, q.
114, a. 2). Y añade: “Si la alabanza pretende, observando las debidas
circunstancias, contentar a uno y serle motivo de aliento en sus trabajos o
animarle en la prosecución de las buenas obras, es un fruto de la virtud de la
afabilidad (Tomás de Aquino, “Suma Teológica”, 2-2, q. 115, a. 1).
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