domingo, 12 de julio de 2026

Cuarta meditación desde los jardines de La Granja: “En el principio era el logos/Verbo…” (Ἐν ἀρχῇ ἦν ὁ λόγος) (Juan, 1, 1…)

 

El evangelio de Juan, escrito en griego koiné[1], comienza con la siguiente frase enigmática: “En el principio era el logos…”. Pero, ¿qué es el logos?

Cuando leemos “logos” -sobre todo si poseemos formación filosófica- pensamos inmediatamente, siguiendo las teorías platónica y aristotélica- en un principio ordenador del universo y en la facultad racional que permite a los seres humanos regular nuestras pasiones - “thymos”- y nuestros deseos y apetitos: “epithymía”.  

Sin embargo, no creemos que Juan esté manejando ese concepto de logos[2] en su Evangelio. Si bien, en tiempos de Jesús de Nazaret y sus discípulos, estas ideas debieron estar presentes en los círculos intelectuales de Alejandría[3], no parece que ejercieran influencia en su pensamiento, ni en su forma de predicar. Jesús de Nazaret era profundamente judío y fue educado por su madre, siguiendo los principios del canto de alabanza del “Magnificat”[4]. Jerusalén -como comunidad- se había comprometido con Yahvé, no solo racionalmente, sino también afectivamente, mediante una alianza. Y esa alianza consistía en la renuncia humana a la omnipotencia.[5], en el reconocimiento de que somos seres atravesados por la “falta” -que diría Lacan- que nacemos como seres indefensos que necesitan de la comunidad para sobrevivir.

 Y es que el logos, en la tradición judía, no es un principio racional basado en un orden matemático como en el pensamiento griego, sino que está relacionado directamente con la Palabra, como algo físico, como algo que no solo pensamos con la razón, sino también sentimos en el propio cuerpo. Yahvé está escrito y presente en las tablas de la Ley, es la letra de la Escritura, vive en un pápiro[6], no es una representación. Así, el estudio de la escritura sustituye al culto imaginario de las representaciones icónicas -ídolos- y a los sacrificios animales, para acceder al orden simbólico de la palabra[7] como realidad material. Lo escrito en “La sagrada Escritura” nos relata la fragilidad real del ser humano: los crímenes, los deseos prohibidos, las ansias de poder, pero también de la valentía y la solidaridad con el otro semejante.

En este sentido, el evangelio de Juan nos remite a un logos que no es un principio racional ordenador del mundo de carácter matemático -ese principio de la filosofía griega, si tiene que ser asimilado por el cristianismo, vendrá más tarde- sino Palabra que se hace presente en nuestro mundo. Dios no es descrito por el evangelista como una inteligencia pura ordenadora del mundo, sino como alguien que habla, que nos habla, como un Ser que se nos manifiesta a través del lenguaje, porque el ser humano comparte con Dios la capacidad de hablar. La fuerza de la palabra cobra así un significado pleno, como ocurre en al psicoanálisis freudiano. La palabra se constituye como puente entre Dios y los seres humanos en la figura de Cristo. De ahí que el versículo se completé con: “el logos/Palabra estaba junto a Dios y el logos/Palabra era Dios”. Con ello entramos en el misterio de la Trinidad y en las interpretaciones de Tomás de Aquino y el Maestro Eckhart que dejamos para otra meditación.

 



[1] J. Mateos y J. Barreto (2019): “El evangelio de Juan”, ed. Cristiandad, Madrid.

[2] La confluencia y enriquecimiento mutuo entre el cristianismo y el helenismo será posterior. Primero surgirá el sincretismo con el platonismo (Patrística, p.e. San Agustín) y después con el aristotelismo en la Universidad de París, en los siglos XII y XIII: Tomás de Aquino o el Maestro Eckhart.

[3] Recordemos a este respecto la figura de Filón de Alejandría (2º a.e.-50d.e.) que entendió el Logos (Razón y Palabra) como un intermediario entre Dios y el mundo, aunque no lo identificó con Jesucristo. Mantuvo así la absoluta trascendencia de Dios (cf. F. García Bazán, comentarios a “Obras Completas de Filón de Alejandría”, ed. Trotta, 2012.

[4] Agradezco esta idea a fr. Ángel Fariña o.p. El Magnificat es el canto de alabanza de María en que se celebra: la grandeza de Dios, su misericordia y la inversión del orden social (Lucas 1: 46-55).

 [5] Resulta muy interesante a este respecto recordar los trabajos freudianos acerca del narcisismo y la omnipotencia.

[6] F. M. Pérez Herranz (2023): “El logos en la encrucijada de Alejandría (alrededor del año cero de la era cristina)”, Rev. Eikasía, Revista de Filosofía, número extraordinario 117, pp. 671-720.

[7] También esta idea nos recuerda la materialidad de los significantes a los que J. Lacan se refiere y el paso del orden imaginario al orden simbólico de la Ley paterna.

2 comentarios:

  1. Gracias Carmen
    Por la explicación de éste Logos, muy revelador: palabra encarnada... Proclama mi alma la grandeza del Señor ...

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  2. Carmen
    Soy Paloma, la del comentario anterior
    A ver si te animas a venir a Toledo

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